Cosas que mis amigos no entienden

Mi mejor amigo y yo. El único que realmente me entiende.



Mis ciclosde sueño. He luchado durante años contra el insomnio y él y yo hemos llegado a un sano acuerdo: yo lo uso cuando tengo que hacer cosas y él me deja dormir cuando sea total y absolutamente necesario. En el trabajo no entienden que si me paso una semana completa de amanecidas es porque el acuerdo sigue en pie. Ellos, que se preocupan por mi, me mandar a dormir (a veces de formas poco cariñosas). El caso opuesto también conduce al desastre: el otro día me llamó una amiga a las 4 de la mañana, luego de enviarme un mensaje de texto al celular (que, obviamente, no contesté por estar dormido) para decirme que vayaa su casa a beber. La mandé a la mierda lo más cortésmente que pude y, acto seguido, me fui a dormir. No pude. El sueño se había ido.

Que no me gusta verlos. A mi mejor amigo lo veo cada ocho meses. En el mejor de los casos,coincidimos un día en que no hay nada qué hacer y salimos a caminar y a tomar unas cervezas mientras que nos contamos lo desastrosas que ha sido nuestras vidas. En medio de todo, encontramos motivos para ser felices y reímos de aquellas cosas que, por separado, nos harían llorar. Él, que me conoce hace mil años, sabe que cada vez que lo veo, es la continuación de la anterior. Por eso me enerva esa gente que te llama para salir tres veces por semana, dar una vuelta, ver cómo estás, preguntar por tu perro y contarte lo que almorzaron. Lo hago, sí, pero solo con algunos elegidos.

Mi mal humor. Lo admito. Soy un tipo difícil de tratar. Mis amigos, los que me conocen hace mil años, saben que cuando estoy de malas es mejor no acercarse. Puedo acabar siendo sumamente hiriente y sacando los esqueletos del clóset para que recuerden por qué no se deben meter conmigo. La última vez hice llorar como un niño a un tipo que mide metro ochenta y tiene cuerpo de luchador. Nomás porque se atrevió a decirme que no sea tan amargado.

Mi relación con mis padres. A mamá le hablo cono si fuera un brother, con ajos, cebollas ytodo el chimichurri. Mis amigos se escandalizan cada vez que me escuchan hablar por teléfono con ella y me clavan, ipso facto, la etiqueta de mal hijo en la frente. En mi defensa he de decir que, al otro lado de la línea telefónica, mamá me trata igual. O peor. A papá, en cambio, le hablo con el mayor de los respetos pero reniego de sus manías y poca practicidad. Como cuando salgo apurado de la casa y él me dice que me jala para ir a la chamba. Se demora la vida para salir, casi siempre ha olvidado algo y debe volver a entrar para recogerlo. En el camino, recuerda que el auto no tiene gasolina y debe pasar por el grifo. Pese a todo, no me he bajado del auto a tomar taxi porque entiendo que sus intenciones son buenas. Tampoco le cuento nada de mi vida, pero es el primero al que recurro cuando necesito sacarme el nudo de la garganta. Y casi siempre sabe calmarme.

Mi trabajo. Veamos. Soy workaholic. Puedo trabajar hasta veinte horas al día entre la oficina y mi casa. A veces despierto y escribo notas mientras fumo. Las acabo,envío, y me voy al trabajo. No intenten persuadirme de que no lo haga. Enserio.

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Home alone

He vivido un mes solo. Bueno, no solo. Apenas con un compañero de departamento de quien acabé siendo un inquilino azaroso. Él es un tipo que tiene un iPhone 4 pero que no comparte su vida en redes sociales como otros exhibicionistas. Como yo. Por eso nada más, calculo que no le importará que hable de él, que me dio cobijo en medio de una de esas medidas desesperadas.

La historia dice así: tenía un mes para terminar mi tesis, de la que llevaba escritas únicamente diez páginas. Diego, acaso uno de mis mejores amigos, tenía una habitación libre en su departamento miraflorino hasta el 28 de marzo, cuando Carlos, su rommate, llegaría de Miami. Le rogué hacerle compañía a cambio de un espacio libre de ruido paterno que me permitiera trabajar hasta tarde. Un sitio alejado de distracciones mundanas para un tipo que ve pasar una mosca y empieza a fabular el viaje que debe haber dado hasta mi habitación. Y aceptó.

Nuestro viaje fue tranquilo. Casi, diría, placentero. Llegaba de trabajar y me ponía a escribir mi tesis a punta energizantes mientras él acababa el último comercial para un supermercado en el que un montón de madres de familia que entran tranquilamente en la categoría MILF le coqueteaban a la cámara. Sobrevivíamos a punta de hamburguesas compradas al filo de la media noche en un fast food y frituras cocinadas en casa. Solo caminábamos con un grupo de desadaptados la madrugada del lunes para mantenernos en forma e íbamos de vez en cuando a jugar fútbol con sus amigos. Y así bajé cinco centímetros de panza que acabo de recuperar, luego de volver a casa de mis padres.

Acabé mi tesis en los 28 días pactados. La presenté y estoy a la espera de una fecha de sustentación que provoque que me digan licenciado. Que provoque, de paso, que tenga algo que estuve esperando para irme de casa. No lo hice antes, entre otras cosas, porque una vez le dije a mi vieja –en uno de esos ridículos ritos de paso que tenemos generalmente los machos de la especie– que me iría cuando estuviera listo. Y ya casi, casi, lo estoy.

Digamos que luego de la Copa América, una vez que haya salido del estrés del enviado especial, o quizás antes, Juanjo –el primo-cómplice– encontrará un departamento miraflorino bueno, bonito y barato. Digamos también que decidimos no asesinarnos en el intento de convivir y que empiezo a trabajar en mi libro. Entonces diré adiós. Mientras tanto, espero.

Recuerdo que alguna vez mi viejo me dijo que era un desconsiderado. Que tenía la costumbre de dejar los platos, en los que acababa de comer, sobre la mesa. Que la ropa que andaba tirada en mi cama seguía tirada ahí por los siglos de los siglos hasta que alguien que no era yo se atrevía a lavarla. Que mi cuarto es un desastre lleno de vajilla, botellas, cajas de cigarrillos vacías y libros. Recuerdo que le respondí con un carajo y un “no tienes por qué hacerlo” que fue replicado por un “alguien tiene que” que acabó partiéndome el alma. Fue poco antes de mudarme con Diego y aprender que para sobrevivir debes estar virtualmente solo, por más que vivas acompañado. O algo así. La cosa es que, por ejemplo, en este momento he decidido dejar de escribir porque tengo que limpiar.

 

Nomás para acordarme, el comercial en el que trabajaba Diego. Él mismo lo dirigió y editó: un capo:

 

Y LOS MILLONES DE ENERGIZANTES QUE TOMAMOS EN EL MES

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Homenaje a San Martín

Tengo un ‘feeling’ especial con Martín Palermo. Es una cosa rara porque no me gusta escribir de fútbol en mi blog y no lo he hecho, ni siquiera, por el Diego (del que si me pondría a escribir tanto como hablo de él tendríamos una bitácora nueva llamada “Hipoteca Maradona”, o algo así). Pero Palermo es otra cosa.

Debe ser que me identifico con esos tipos que juegan hasta lesionados. Que a su edad, con las rodillas destrozadas, con 1.500 cicatrices en el cuerpo y en el alma, aún tienen un pedacito de cielo para repartirle a la gente. Debe ser porque quisiera llegar a viejo como él, que solo tiene 37 años pero que en su deporte es casi como ser un jubilado.

Quizás es porque yo también tengo las rodillas destrozadas, o porque cada año sumo una herida nueva al alma. O porque todavía tengo un pedacito de cielo guardado por ahí para regalar, aunque esté medio nublado y sin estrellas fugaces como las de hoy.

Los argentinos –siempre de ambiciones desmedidas– hablan de la película de Palermo como si esperaran que alguien en Hollywood fuera a comprar los derechos para llevar al cine esa historia extraña. Yo, de ambiciones más modestas, prefiero escribirle un cuento (o algo así).

 

En la tercera bandeja de la popular de La Bombonera conviven los jóvenes que no tienen dinero y los extranjeros que han sido estafados pagando el triple del precio por una entrada con la que ves el sueño de lejos. Gente que calienta la garganta mientras se congela por el viento helado de una ciudad que, irónicamente, se llama Buenos Aires. En la baranda que separa a los hinchas del vacío se ubican los entusiastas, los que cantan, los que se aprenden las letras de las barras de un equipo --que curiosamente se parecen a las que se cantan en mi país de origen, porque somos copiones y porque ese deporte que se juega abajo es igualito en todos lados--. Ahí, de pie, le he preguntado a un chico en sus veintitantos si es verdad que La Bombonera tiembla. Cuando termino de formular mi pregunta, Román suelta un balón como quien le da un hijo a un amigo para que lo cuide. Despacito, con cariño, casi una sutileza, porque entregar lo que más quieres en este mundo a otro debe ser un acto sutil y de confianza ciega. Y Martín le devuelve el gesto con un cariño, que los periodistas decían que no existía, con un toque de zurda, una red y un abrazo. Y luego de que yo me abrazo con ese pibe él me contesta: “Te decía, bolú, no tiembla, late”. Y yo sentía cómo un solo hombre provocaba un terremoto. Luego me di cuenta por qué le dicen Titán.

 

 

Este es aquel gol

 

Y este es su gol 300, anotado hace apenas unas horas

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10 cosas que odio de ti (o palabras sueltas frente al espejo)

 

1. Tus ojeras. “Te has pasado más noches despierto de las que deberías, casi siempre pensando en cosas que no valen la pena, o que no deberían valerla”. Esa fue la sentencia de una amiga que ahora debe estar durmiendo, a diferencia mía. Más que por las sombras negras en mis ojos, me molestan porque, como día la China Tudela, “mi insomnio me pone en una especie de estado crepuscular, cholita, en el que no puedo evitar pensar en huevada y media que me consumen todas las energías”

2. Tu panza. “El periodismo es como la prostitución, se aprende en la calle”. La vida también y últimamente no salgo ni en mis días libres. Prefiero cultivar ese terrible hábito de desligarme del mundo desapareciendo en una habitación de 5x4. Lo paradójico es que la prueba de ello es una bola de grasa que no armoniza con el resto de mi cuerpo.

3. Tus brazos. El derecho (izquierdo en el espejo) tiene una cicatriz en forma de círculo, de un centímetro de diámetro, y el izquierdo (derecho de mi reflejo), una herida del tamaño de mi dedo meñique y tres puntitos donde estuvieron los clavos. Cada que las veo me recuerdan que a veces puedo ser imprudente. O que hay momentos en que no me importa la autodestrucción.

4. Tu cabello. Desde abandoné a Sandro, el peluquero de la Residencial San Felipe, porque me hacía siempre el mismo corte, no he encontrado a nadie que pueda con los tres remolinos que adornan mi cabeza. Felizmente no me han adornado con otra cosa… No que yo sepa, al menos.

5. Tus uñas. Cuando están disparejas y cortas, canibalizadas por mí, solo me acuerdo de un viaje terrible… y de ansiolíticos que saben feo.

6. Tu sensación. Me refiero a esa que siento en el pecho, de cuando en cuando, en esos momentos en que me enfrento a cosas que sé que están ahí pero que no quiero ver. La defino como “sentir que tu corazón se arruga como si fuera una hoja de papel”. Y ya se ha arrugado tanto que es difícil leerlo.

7. Tu espejo retrovisor. Digo nomás, ¿no puedo empezar a recordar sin ponerte triste? Ah sí, hay veces en que puedo acordarme de cosas y sonreír: ocurre cuando veo a tipos como el Cansado, el Cuervo, el Gato, Yoyi y Chanchito, que lejos de tener apodo de pandilla de jardín de niños, me traen recuerdos de mi infancia vivida en la adolescencia.

8. Tu memoria. Vivo en un estado extraño. Algunas veces puedo recordar cosas inútiles como los nombres de los seis ingleses a los que Maradona dejó regados en el campo o la frase de un cuento que leí cuando estaba en sexto grado. O la ropa que llevaba a un amigo mío el día que fumamos una cajetilla de cigarros Inca en su habitación. O el olor que tenía ella ese día que estuvimos tirados en el césped hace 8 o 9 años. O el sabor de sus besos con helado de vainilla y chocochips. O cuántos futbolistas aparecen en Los Simpson. Pero olvido aniversarios y fechas de cumpleaños de la gente a la que más quiero. Y tengo pánico de que me pregunten cuál es la fecha de hoy porque tiendo a dudarlo… Felizmente para todo lo demás está Google.

9. Tu olor. Fumo cuando me siento mal. También cuando me siento bien. A veces me percato que ambos estados de ánimo le dan a mi cuerpo olores distintos, e igual de deliciosos. A veces, también, me doy cuenta que mi sobrina me dice que huelo a palo de fumar. Y no sé cómo decirle que soy un adicto.

10. Tus adicciones. Los que me conocen, las conocen… No son drogas socialmente no aceptadas, pero igual. Eso sí, suelo desconfiar de la gente que dice no tener vicios porque rechazan una de las cosas que los hace humanos y falibles. Y no, no estoy en rehabilitación.

 

Imagen tomada de acá.

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Mi buena estrella

Mi buena estrella me dijo, con el ceño fruncido y ganas de cachetearme, que soy un tipo triste al que le gusta revolcarse en su tristeza quién sabe para qué. Y después de ese día en que se fue por un ratito terrible, mi buena estrella volvió y no quiero que se vaya de nuevo.

Hoy, por ejemplo, tomé un taxi en las calles de Magdalena –un distrito en el que siempre quisiera vivir por las noches– y le pedí al taxista que me lleve a mi casa previo paso por un cajero dónde sacar plata para pagarle. “Su transacción ha sido cancelada. Por favor, retire la tarjeta”, me dijo en dos estaciones de servicio el aparatito de marras ese, sin darme ni un billete. Era la 1:30 de la mañana, tenía 30 centavos en el bolsillo y compré una bebida con mi tarjeta solo para saber si el problema era que esta había sido inexplicablemente bloqueada. No era así, pero igual el chofer se negó a llevarme hasta mi hogar, esperar a que tocara el timbre y bajara con el dinero: “¿Es edificio? No, ahí no acepto. Ya me la han hecho muchas veces”. Incluso se rehusó a aceptar la oferta inigualable de comprar productos en la tienda, con mi tarjeta, por el doble del valor que me iba a cobrar.

Me dejó varado, a ocho cuadras de la buena estrella y a miles de mi casa, que empecé a caminar porque tengo cosas pendientes que hacer en mi hogar y no en el suyo. De pronto, un milagro: una combi –uno de esos detestables vehículos de transporte público en el que todo peruano promedio como yo viaja apretado– paró y el cobrador me quedó mirando. “Te pago con esto hasta Guardia Civil”, dije mostrando la botella aún sin abrir para que abriera la puerta. Y la abrió.

Hace muchos años una mujer que no he vuelto a ver me dijo que no debería abusar de mi buena estrella. Me lo dijo un día, en que aparecí en su casa diez minutos después de haberme ido. Salí de ese lugar en el reino de “Muy Muy Lejano”, con una moneda en el bolsillo, con la intención de caminar un kilómetro hasta un paradero de autobuses y esperando a que aún pasara el que me llevaba a mi hogar. A mitad de camino, un auto pasó a mi lado y el copiloto me hizo un gesto ofensivo. Yo mascullé un par de insultos irreproducibles hasta para un tipo procaz como yo y el Toyota blanco se detuvo. Pensé que iba a bajar un tipo iracundo con muy buen oído dispuesto a pegarme un tiro, pero de pronto empecé a escuchar voces conocidas que se preguntaban entre ellas si el tipo que estaba parado al lado del camino era de verdad yo. Ellos, viejos amigos a los que adoro, me rescataron, me llevaron a comprar licor, a recoger a aquella mujer, beber en un parque, dejarla en su casa y luego, me dejaron en la mía.

Creo que esa mujer de mil años atrás tuvo razón en muchas cosas que me dijo, pero que en la que más acertó fue en eso de no abusar de mi buena estrella. Peor aún ahora que la he encontrado y no quiero dejarla ir. Por eso ahora solo soy un tipo feliz que quiere escribir(le) bonito a una luz que brilla en el cielo, a medianoche.

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Citas Citables

  • "¿Sabes cómo matar a un cerdo? Lo haces correr hasta que no da más y luego le echas un balde de agua helada. Entonces, se le para el corazón" (Paskín)
  • "Yo sí creo en la vida después de La Patrona, solo que creo en ella con la misma certeza con la que creo que existe vida en otro planeta..." (Prakzis)
  • "Lo de estar jodido es natural, es como la depre, es solo el nombre comercial de la consciencia" (Carlos V.)
  • "Tómalo por el lado B" (Gi)
  • "¡Scheiße!" (Carmen K.)

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